Fuente: La Nación

Rusia es un régimen iliberal que en América Latina atrae por igual a los radicales de derecha y de izquierda, unidos todos en su odio al liberalismo”, sostiene. “Hubo ventas récord de armas rusas a Venezuela, que renovó todo su parque de armamento pesado y ligero de manera importante”, señala. “Ahora, el madurismo, el chavismo estaría comprando más equipo a Irán y a China y también manteniendo y modernizando lo que tiene”, detalla. “En América Latina, hay una fobia que se dice antiimperialista pero es antiestadounidense”, afirma y agrega: “China y Rusia son imperios sin república mientras que Estados Unidos es una república imperial”. “Las Américas y Europa son la región democrática y eso debería facilitar los vínculos de todo tipo pero esa confusión que se da en Latinoamérica de antiimperialismo con antiamericanismo complica las relaciones de estos países”, desarrolla. “Hoy hay una universalidad del capitalismo, aunque con variantes de capitalismo. Pero sí hay una disputa global creciente entre la democracia liberal, por un lado, y distintos tipos de regímenes iliberales por el otro, algunos claramente autocráticos como China o Rusia y otros más bien híbridos, como la Hungría de (Viktor) Orbán”, plantea. “China es el global player, el challenger, el gran retador global por su vitalidad económica. China es la que propone un capitalismo autoritario, un modelo económico alternativo al capitalismo democrático liberal, regulado. Rusia es más bien un gran disruptor porque no tiene músculo económico a largo plazo pero sí usa el poder de los organismos de inteligencia y de la desinformación para tratar de re equilibrar la cancha”, precisa. “EEUU ha rectificado un déficit de atención sostenido de más de 15 años hacia América Latina pero no la acompaña con propuestas serias de inversión, de financiamiento, de relacionamiento comercial y de crédito”, analiza. “América Latina no sólo es el llamado “patio trasero” de EEUU sino también una zona de enormes mercados, fuentes de materia prima y, geoestratégicamente, es la zona más cercana a EE.UU. EE.UU. debería prestarle mucha más atención no solo por la migración, que es un tema sensible en la política doméstica norteamericana, sino por la propia estabilidad regional económica y política”, afirma. “Si la soberanía estatal y la no injerencia se traducen en avalar el accionar de regímenes autoritarios dentro de América Latina o de potencias extra continentales, pueden ser tan negativas como las intervenciones que a inicios del siglo se dieron con las grandes y viejas potencias”, sostiene.

Armando Chaguaceda, politólogo e historiador cubano mexicano
Armando Chaguaceda, politólogo e historiador cubano mexicano

El politólogo e historiador cubano mexicano Armando Chaguaceda estuvo en La Repregunta. Chaguaceda es Doctor en Historia y Estudios Regionales por la Universidad Veracruzana. El foco de su trabajo es la relación entre América Latina y Rusia y los autoritarismos.

Chaguaceda es coautor de El poder de Rusia en Latinoamérica y autor de La otra hegemonía. Autoritarismo y resistencias en Nicaragua y Venezuela.

Aquí, la entrevista completa.

-A mediados de julio, se realizó en Miami el Concordia Annual Summit, organizado por una ONG ubicada en la centro derecha del espectro ideológico que reúne a empresarios de EEUU, académicos, expresidentes de América Latina como Luis Alberto Lacalle, de Uruguay, o a figuras como el secretario general de la OEA, Luis Almagro. Allí, la jefa del Comando Sur de EEUU, la general Laura Richardson, planteó que la presencia de China y de Rusia en América Latina implica la avanzada de valores antidemocráticos en la región. ¿Es ésta una descripción apropiada?

-Lo es desde el punto de vista de que las relaciones internacionales y la proyección de los Estados no se basa solamente en intereses pragmáticos de corto plazo, es decir, en inversiones, en fomento a la inversión, en captura de mercados, en venta de productos sino que proyecta también la filosofía, el discurso, la narrativa oficial de los Estados. Hay una gran disputa geopolítica aunque no se puede interpretar en clave de Guerra Fría, cuando se enfrentaban claramente dos modelos de política, de economía, de orden social. Éste no es el caso presente. Hoy hay una universalidad del capitalismo, aunque con variantes de capitalismo. Pero sí hay una disputa global creciente entre algo que llamamos, con todas las imperfecciones del término y del fenómeno, la democracia liberal por un lado y distintos tipos de regímenes iliberales, por el otro, algunos claramente autocráticos como China o Rusia y otros más bien híbridos, como la Hungría de (Viktor) Orbán. Ésta es la disputa en términos globales e ideológicos que está en juego. Entonces, sí, hay una dimensión ideológica, de ideas, que, insisto, no cuestiona el hecho de que el capitalismo es el modelo fundamental. En cada espectro ideológico, los Estados tienen alianzas, por ejemplo, hemos visto la reunión de Putin con Orban y con Ebrahim Raisi, es decir con Turquía y con Irán. Es decir, los países tienen conflictos entre sí pero también tienen posiciones comunes. Es un escenario altamente fluido en las relaciones internacionales pero con ciertos conflictos centrales. También tendríamos que diferenciar lo siguiente: por un lado, China, que es el global player, el challenger, el gran retador global por su vitalidad económica, el crecimiento del PBI, es decir, es la que propone un capitalismo autoritario, un modelo económico alternativo al capitalismo democrático liberal, regulado. Por otro lado, Rusia, que es más bien un gran disruptor porque no tiene músculo económico a largo plazo pero sí usa el poder de los organismos de inteligencia de las Fuerzas Armadas y de la desinformación para tratar de re equilibrar la cancha

“Rusia es un régimen iliberal que en América Latina atrae por igual a los radicales de derecha y de izquierda, unidos todos en su odio al liberalismo”

Rusia y Brasil. Putin y Bolsonaro. ¿Más parecidos que diferentes?

-La semana pasada, hubo un encuentro de jefes de Estado del Mercosur y se dio una polémica en torno a si se invitaba a exponer en esa Cumbre al presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski. Finalmente no se logró el consenso necesario para que estuviera presente. Las suspicacias argentinas hicieron pensar, en principio, que el presidente Alberto Fernández habría estado entre quienes resistían la participación de Zelenski para evitar algún tipo de reacción de parte de Rusia. Sin embargo, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, habría sido el que se opuso especialmente. ¿Cómo es el juego de Rusia en América Latina? Porque, partiendo de una de las interpretaciones instaladas, aunque erróneas, sobre Rusia como una continuidad del comunismo en algún aspecto, parece ser una figura lejana a esa Rusia.

-No necesariamente lejana. Uno de los elementos que tiene Rusia, el Estado ruso, es que es un régimen iliberal que atrae por igual a los radicales de derecha y de izquierda, unidos todos en su odio al liberalismo. Son iliberales porque aborrecen el pluralismo político, la sociedad abierta y la economía de mercado que son el paradigma de la democracia liberal tal y como la conocemos en los últimos 25 años. Esa cercanía no resulta extraña porque Bolsonaro es un líder populista, radical, autoritario. En ese sentido, es muy claro el vínculo con Rusia. Además, están los intereses comerciales: Brasil y Rusia son socios destacados económicamente, son del BRIC. Es muy importante entender esa cercanía. El presidente Fernández podría ser un poco más flexible porque la base del gobierno es más heterogénea; él mismo no es un radical de izquierda aunque tuvo el apoyo de ese sector para llegar a la presidencia. Vimos los cambios en la política Argentina, con su viaje a Rusia, con esa cercanía incluso simbólica a Rusia, que es tan dada a los latinoamericanos, pero después, el recogimiento cuando la invasión se desató. Bolsonaro, en cambio, ha sido consistente en no querer imponer sanciones, en mantener el comercio por las dos razones, por los grandes nexos económicos brasileño ruso y, también, por la cercanía de un líder populista, personalista, autoritario, conservador como Jair Bolsonaro con Vladimir Putin.

Rusia, China, Irán. ¿Un combo de intereses que pesa cada vez más en América Latina?

-Otra de las polémicas que se dio en esta Cumbre del Mercosur tuvo que ver con el acercamiento de Uruguay a China y la posibilidad de que firme un tratado de libre comercio. ¿Se puede pensar que, en América Latina, Rusia, China e Irán son parte de un combo consistente en relación a algunos intereses ideológicos y también comerciales y estratégicos comunes?

-Hay que ganar capacidad de sofisticación en este análisis. Sí hay coincidencias. Desde una perspectiva más constructivista, soy de los que plantean que las ideas importan. Las ideas configuran nuestra visión del mundo. Los seres humanos a nivel individual y colectivo no solo somos seres racionales, pragmáticos, cortoplacistas. También tenemos mapas mentales. Esos países tienen en común, efectivamente, un rechazo a lo que implica un modelo de sociedad abierta y pluralismo político; hay un rechazo al modelo liberal. Hay propuestas de orden político en estos países en los cuales un líder, un partido, una camarilla, una élite, más allá de la soberanía popular, controla la vida pública. Dicho esto, esos países también tienen una enorme cantidad de conflictos entre sí. Hay disputas en el Medio Oriente y Turquía, Rusia e Irán están en canchas distintas, incluso enfrentadas, como en el caso de Siria. Irán y Rusia son los dos exportadores de petróleo de manera que son competidores en el mercado petrolero. Hay que entender las dos cosas: hay momentos, coyunturas y temas en los cuales estos países pueden operar de manera conjunta pero hay contradicciones económicas, políticas e incluso de liderazgo como el de Erdogan (NdelEditor: presidente de Turquía) y Putin, por ejemplo, que hacen que sean por lo menos, como decía aquella serie de los años ‘90, amigos y rivales.

-Sorprende que haya ejercicios militares conjuntos entre Rusia, Irán y Venezuela en territorio venezolano. Por eso le planteaba si se puede pensar que la presencia de Rusia en la región es parte de un ovillo y que tirando de una de sus puntas, que pueden ser Rusia o China o Irán, en realidad nos topamos con todo una madeja donde se cruzan intereses de esos tres países que funcionan como socios en este acercamiento a América Latina y en esta instalación de sus intereses.

-Sí porque en ese caso opera lo que mi colega Vladimir Rouvinski llama “reciprocidad simbólica”, la idea de que estos países van a incursionar en el llamado “patio trasero” de la potencia hegemónica occidental como una forma de responder a su presencia en Europa del Este y Asia Central. En ese aspecto, Venezuela es ciertamente un caso de fuertes relaciones con todos estos regímenes, con Turquía, de hecho Maduro estuvo recientemente con Erdogan, con Irán, con Rusia, con China más en el plan económico, con Cuba. Por eso Venezuela sirve como un escenario en el cual estos regímenes iliberales pueden ponerse de acuerdo en acciones que implican intereses políticos, operativos y estratégicos pero que también son relativamente simbólicas. No dejan de ser peligrosas pero no se trata de un desplazamiento de grandes tropas, ni de una dislocación tipo crisis del Caribe, ni de una presencia como la rusa en Siria sino de ejercicios militares que se han hecho desde hace un tiempo, condelegaciones unos países a otros

-¿Estos ejercicios son usados como una especie de estrategia de marketing para la industria armamentística de Rusia? Porque ese sector ha sido fuerte en América Latina? Usted acaba de publicar un artículo en Foreign Affair Latinoamérica donde detalla el peso de esa industria rusa en la región. ¿Podría describirla?

-Estos ejercicios son una especie de escaparate o vitrina, y de mercado. Por ejemplo, los biatlones de tanque que ha hecho periódicamente Rusia con Vietnam, con China, con Venezuela sirven para exhibir el equipo ruso. Tengo la impresión de que en América Latina el mercado está limitado porque no es una zona donde se invierta en equipo para conflictos interestatales.

-Pero Rusia le había vendido al chavismo un volumen importante.

-Le vendió un volumen importante. Creo que esa cantidad ya está vendida. Ahora, el madurismo, el chavismo estaría comprando más equipo a Irán, a China y también manteniendo, por supuesto, y modernizando lo que tiene. Pero sí, efectivamente, hubo ventas récord a Venezuela, que renovó de manera importante todo su parque de armamento pesado y ligero.

“Hoy hay una universalidad del capitalismo, aunque con variantes de capitalismo. Pero sí hay una disputa global creciente entre la democracia liberal, por un lado, y distintos tipos de regímenes iliberales por el otro, algunos claramente autocráticos como China o Rusia y otros más bien híbridos, como la Hungría de (Viktor) Orbán”

La guerra por los commodities en América Latina. Alimentos y minerales, ¿la nueva disputa EEUU vs Rusia y China?

-En medio de este contexto geopolítico tan único de la invasión rusa a Ucrania y esta guerra que se sostiene, de pronto un general del peso específico de Laura Richardson habla de América Latina y del triángulo del litio pensando en los recursos naturales que tiene América Latina para ofrecer. Y habla de las relaciones comerciales y de las inversiones rusas y chinas y su vínculo con los valores antidemocráticos. Evidentemente, a partir de esos vínculos que empiezan a consolidarse, que EEUU está prestándole una atención mayor a lo que sucede en América Latina. ¿Es una oportunidad para la región de tener mayor capacidad de negociación ante EEUU?

-Debiera serlo. EEUU ha rectificado un déficit de atención sostenido de más de 15 años hacia América Latina pero no la acompaña con propuestas serias de inversión, de financiamiento, de relacionamiento comercial y de crédito. Se hace extrañar un Plan Marshall para América Latina en un momento en el que China es el socio comercial principal de buena parte de los países, países que tienen una deuda social y un estancamiento económico agravado por la pandemia. Por un lado, hay un reconocimiento de la importancia de América Latina por parte de EEUU. Incluso hay una relación más equilibrada que a veces hace recordar, en la retórica, al “New Deal” o el “buen vecino” (NdelE: la decisión del presidente Franklin D. Roosevelt de moderar el intervencionismo de EEUU en América Latina). Pero esto no ha sido acompañado con inversión en infraestructura, en concesión de crédito inversión y en gasto social excepto el tema de las vacunas contra el coronavirus, cuando fue importante la donación de vacunas de EEUU para América Latina. No hemos visto un nivel de creatividad y de consistencia en el otorgamiento de recursos para una zona que no sólo es el llamado “patio trasero” de Estados Unidos sino también, una zona de enormes mercados, fuentes de materia prima y, geoestratégicamente, es la zona más cercana a EEUU. Debiera tener mucha más atención no solo por la migración, que es un tema sensible en la política doméstica norteamericana, sino por la propia estabilidad regional económica y política.

-¿Por la estabilidad económica regional y política y también por esta cuestión estratégica de los recursos naturales y de los alimentos? América Latina es un gran productor de alimentos y de commodities en el sector de la energía y la mininería. ¿Esto empieza a crecer como factor geopolítico al que están atendiendo China y Rusia por un lado y EEUU por el otro, más allá de las tensiones geopolíticas que tienen que ver con la superestructura ideológica?

-Por un lado, lo es claramente. Se ve en el aumento no sólo de la presencia china en la economía latinoamericana sino también la asociación de Rusia en temas como energía atómica o de hidrocarburos con empresas grandes de América Latina. Pero, al mismo tiempo, insisto, no parece que, en el caso de Occidente y de las democracias, esto se traduzca en una alianza mucho más eficaz, en el corto plazo, en términos de recursos. Además, hay una peculiaridad en América Latina: las Américas, junto con Europa, es la única zona que es, en general, democrática. Hay, al menos normativamente, un consenso sobre el modelo democrático como el modelo para la realización de la política en la región, aunque bastante debilitado en la zona latinoamericana. Ese consenso debiera facilitar ese vínculo, además de la facilidad de tener dos grandes lenguas, el inglés y el español, y vínculos comerciales y económicos sostenidos. Pero, efectivamente, hay todavía mucho que hacer por parte de EEUU y de Europa hacia América Latina con relativo pocos recursos. Se ve en lo que se ha destinado para la ayuda a Ucrania por la salvaje invasión de Rusia: los paquetes de ayuda sustantivos para Ucrania son incomparablemente superiores a la ayuda anunciada por EEUU en el marco de la icónica Cumbre de las Américas para América Latina. Es casi ridículo el anuncio de ayuda de EEUU en comparación con lo que se ha destinado a Ucrania.

-Hay una discusión muy instalada en la Argentina en medio de la crisis económica, que en parte es una crisis energética: la Argentina tiene un yacimiento como el de Vaca Muerta pero no tiene la infraestructura que pueda distribuir el gas y entonces tiene que importar gas, lo que produce un impacto dramático en las cuentas públicas. En ese marco, se dan las conversaciones con Alemania, que quedó muy dependiente de Rusia en temas de energía. A partir del tema de la energía y del gas, ¿podría ser que Europa y EEUU empiecen a mirar a esta región como un proveedor de energías que les permitiría una independencia de países como Rusia y ahí sí venir efectivamente una inversión más interesante al estilo Plan Marshall, como usted plantea, para potenciar un sector que, al menos en la Argentina, está muy trabado?

-Correcto, debiera ser así. Además, insisto, tienes facilidades: hay compatibilidad de sistemas políticos en las dos América, cercanía geográfica y tradición de inversión. Podría ser una coyuntura de alta demanda de energía y de alimento. Podríamos darse ahí un consenso racional de las democracias avanzadas apoyando a las hermanas menos avanzadas de este lado del Atlántico.

Democracia liberal vs regímenes iliberales. América Latina, ¿más cerca de EEUU o de Rusia?

-Usted está planteando la ventaja de una especie de consenso ideológico en la región, con eje en la democracia, pero, por otro lado, en sus artículos propone el concepto de “cooperación autocrática” entre China y Rusia y países latinoamericanos como Venezuela o Cuba cuando, por los bloqueos y embargos, se convierten en las vías de comercialización o financieras para poder mover sus riquezas. ¿Cuán liberales o iliberales son las democracias de hoy en día en América Latina? ¿Cuán alineadas o cerca están de EEUU o, al contrario, cuán cerca están de esas otras democracias iliberales o autocracias con fuertes personalísimos y su capitalismo de Estado o capitalismo de amigos? Ese consenso en torno a ciertos valores que usted señala respecto de EEUU no parece tan claro en América Latina.

-Lo que planteo es que todavía, en América Latina, los regímenes políticos son formalmente democráticos. En general, excepto el eje bolivariano y, en algunos casos, las repúblicas centroamericanas, los gobiernos son electos en elecciones más o menos justas y competitivas, hay sociedad civil actuante, hay prensa crítica. Esa realidad de las Américas, junto con Europa, nos hace la región democrática. Ahora, efectivamente, incluso dentro de esas democracias, se han suscitado procesos vinculados con lo que Guillermo O´Donnell llamaba “la muerte lenta la democracia”, fenómenos de democracia delegativa o populista, que pone a algunos países en una zona híbrida entre la democracia plena y el autoritarismo. A eso se le suman elementos ideológicos como la confusión del antiimperialismo como un antiamericanismo, esa crítica que se ve en América Latina, con muchas razones históricas, a lo que ha significado la política EEUU en la región pero que no recuerda, por ejemplo, el apoyo de EEUU al proceso democratización de los años ‘80. Esa crítica tampoco tiene en cuenta que China y Rusia son otros imperios, imperios sin república a diferencia de EEUU que es una república imperial. Entonces, hay también algún elemento ideológico que juega en contra del alineamiento democrático. América Latina critica elementos de la política de legado imperial de EEUU hacia América Latina pero no se revisa a sí misma. Los problemas de integración regional son un resultado negativo de nuestras políticas y nuestros gobiernos y nuestra incapacidad de ponernos de acuerdo. El Mercosur, por ejemplo, y toda la polémica del acuerdo uruguayo con China, a pesar de que el Mercosur es uno de los casos más avanzados de integración regional. Hay una fobia que se dice antiimperialista pero es antiamericana y anti norteamericana y anti estadounidense que impide la integración de las Américas. Están estos devaneos, por ejemplo, la postura de (Alberto) Fernández cuando llega a Moscú, ese discurso tan criticado días previos a la invasión, casi de amistad.

-El ofrecimiento de abrir las puertas de América Latina a Rusia, que ya estaban abiertas desde hace décadas, además.

-Claro, como el portero de América Latina. En América Latina tenemos propensión a crear Constituciones, a cortar cintas, a dar discursos que luego nos enredan y nos complican. Insisto, si hay algún tipo de consenso normativo en América Latina en base a una historia de 200 años, es un consenso constitucional, republicano, democrático, aunque con problemas. Eso, en el plano normativo, debería ser nuestro referente a nivel global con Europa, EEUU y otros países del mundo. Y en el plano pragmático, sí, habría que tener negocios y relaciones con todos los que sean compradores de nuestros commodities. Pero parece que a veces se confunden los planos.

“EE.UU. ha rectificado un déficit de atención sostenido de más de 15 años hacia América Latina pero no la acompaña con propuestas serias de inversión, de financiamiento, de relacionamiento comercial y de crédito”

De Petro a Boric, pasando por Lula. ¿Hay un giro a la izquierda en América Latina que beneficia a Rusia y China?

-El triunfo de Gustavo Petro en Colombia, el de Gabriel Boric en Chile y una Constitución que podría hacer girar la matriz política de ese país más hacia la izquierda, o la posibilidad de que Lula gane las elecciones en Brasil, ¿le parece que ese panorama es percibido por Rusia y por China como un giro a la izquierda de América Latina que beneficia a sus intereses y su presencia o es una lectura errónea?

-No es errónea a partir de la experiencia histórica. En general, el mainstream de la izquierda latinoamericana de los últimos años tanto en su variante claramente bolivariana o leninista castrista como la izquierda populista, que es otra genealogía, ha tenido una relación complicada con la democracia liberal y con Europa y EEUU. Entonces, sí, es plausible ver que el ascenso de esas figuras en estos países mejore, en algunos casos, la posición de Rusia y China. Pero esto no puede ser visto en bloque porque, por ejemplo, Boric ha sido muy claro en su alineación con la visión de las democracia respecto a la guerra en Ucrania. Incluso criticó a China. Boric es quizás el único caso realmente de esto que se ha llamado “el nuevo giro a la izquierda”, una izquierda nueva en términos paradigmáticos. No lo veo en (Andrés Manuel) López Obrador (NdelE: presidente de México). Petro proviene de una izquierda vieja de nexos con el castrismo bolivarianismo. Hay que ver si se reinventa. Lula, ya sabemos lo que es, se recarga.

-Lleva como vicepresidente a un moderado. Eso podría hacer pensar que va a llegar con un pragmatismo económico que no estará atravesado por estas divisiones de derecha e izquierda.

-Lula fue siempre fue pragmático en lo económico. Y Bolsonaro, que es de derecha anti bolivariana, ha tenido una relación excelente con Rusia. Más que derecha o izquierda, lo que debiera preocuparnos es el eje iliberal o las posturas iliberales, el promover formas de orden político y social iliberales. Eso puede provenir de la derecha como en el caso de Bolsonaro o de la izquierda como en los casos de (Daniel) Ortega, (Nicolás) Maduro o (Miguel) Díaz Canel. Eso es lo que debería preocuparnos en la academia y en la sociedad civil democrática.

El kichnerismo y la insistencia en la “soberanía” de todo tipo. ¿Qué consecuencis tiene el “soberanismo”?

-Hay un concepto que se usa mucho en la retórica kirchnerista en la Argentina, que insiste con la soberanía nacional, la soberanía energética, cualquier tipo de soberanía que implique auto sustentarse en términos comerciales, económicos, ideológicos y geopolíticos. Y hay otro concepto usado más en México, el de no injerencia. Usted ve esos conceptos como problemáticos. ¿Podría desarrollarlo?

-Hay una visión soberanista que cree que el Estado es exclusivamente el garante de la integridad nacional y el representante de los intereses de la nación y la soberanía popular expresada las instituciones y los procesos democráticos está subordinada. Es una visión estatista que viene del siglo XIX latinoamericano y que después se realiza, en el siglo XX, con los populismos. Es una visión limitada. Las sociedades existen y los Estados nación tiene un peso pero los ciudadanos tienen derechos y, además, están crecientemente transnacionalizados.

-¿Cómo juega ese soberanismo en este mapa geopolítico con la presencia de Rusia y China en América Latina?

-Se relaciona con esa idea de que hay que contraponerse a EEUU y de que los presidentes encarnan los intereses de la nación, sobre todo en el caso de los presidentes carismáticos como pueden ser Bolsonaro o Maduro. Y respecto de la visión de la no injerencia, es una una visión muy tramposa históricamente hablando. Me refiero a la doctrina Estrada en México. El gobierno de México ha denunciado las críticas al eje bolivariano como injerencia pero se alineó claramente con el gobierno de Evo Morales después de la crisis constitucional derivada del intento del MAS y de Morales de reimponer de nuevo otro mandato presidencial. En ese caso, el apoyo de México fue total, de manera que siempre ha habido un uso discrecional de la doctrina Estrada y su idea de no injerencia. Los Estados son garantes de la soberanía nacional y del desarrollo nacional pero no son los únicos sujetos activos a nivel internacional en este mundo. Existen los ciudadanos y la sociedad civil e incluso existen redes transnacionales de social civil con responsabilidades de proteger a poblaciones que han sido vulneradas por el autoritarismo. Tanto la idea de soberanía estatal como la idea de no injerencia tiene que atender a eso. Si la soberanía estatal y la no injerencia se traducen en avalar el accionar de regímenes autoritarios dentro de América Latina o de potencias extra continentales, pueden ser tan negativas como las intervenciones que a inicios del siglo se dieron con las grandes y viejas potencias.

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