Fuente: Clarin

La región es estratégica para la soberanía alimentaria del gigante asiático y está dispuesto a invertir en infraestructura y logística para acelerar el desarrollo.

Todos los países del Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay) comparten dos rasgos estructurales: la mayor parte de sus exportaciones son agroalimentarias (en el caso de la Argentina ascendieron a 70% del total en el último trimestre de 2020); y su principal mercado es la República Popular China, la segunda economía del mundo después de Estados Unidos.

Esto obliga a definir al Mercosur ante todo en términos globales, dejando en un segundo lugar como accesorios y no fundamentales, los aspectos de relacionamiento interno, meramente regionales. Siempre se juzga por lo esencial, no por lo accesorio.

En este sentido –Brasil y la Argentina en primer lugar-, el Mercosur se ha transformado en la principal plataforma de producción de proteínas en el mundo del siglo XXI, por encima de Estados Unidos y muy lejos de la Unión Europea (UE).

La relevancia de una región o de un país es por lo que aporta a la cadena global de valor; y lo que define al Mercosur son sus fortalezas y no sus debilidades.

Por eso la región tiene un vínculo privilegiado, de carácter estructural, con la República Popular, que es el eje de la demanda global de agroalimentos; y esto ocurre en el momento en que China experimenta un boom de consumo de más de U$S 7 billones en 2021, que deja a Estados Unidos por primera vez en la historia del capitalismo en un segundo lugar.

Para China, el vinculo con Brasil y la Argentina, y en general el Mercosur, es un elemento fundamental de su seguridad alimentaria, que es la necesidad de abastecer a 1.440 millones de habitantes que disponen de un ingreso per cápita de U$S 10.000 anuales que se duplica cada de 8 a 10 años.

Brasil provee a la República Popular de más de 70% de la soja que importa (superaron los 100 millones de toneladas en 2020); y se ha convertido además en el principal productor de agroalimentos del mundo, lo que significa que Estados Unidos ha dejado de serlo por primera vez en la historia agrícola.

Según FAO-OCDE, Brasil está en condiciones de aumentar más de 40% su producción agroalimentaria en los próximos 10 años, lo que llevaría su superávit alimentario de U$S 35.000 anuales a más de U$S 50.000 por año en ese periodo.

El fenomenal superávit alimentario brasileño es la base estructural de su superávit comercial que ha ascendido a más de U$S 60.000 millones por año en la última década, que es lo que le permite a Brasil crecer 3,5% anual en 2021, lo que a su vez arrastra el crecimiento de la economía argentina: por cada punto que se expande la economía brasileña, el PBI argentino se eleva 0,25%.

La Argentina, con 45 millones de habitantes, está en condiciones de alimentar en forma actual o potencial a más de 600 millones de personas de la población del planeta.

La producción agroalimentaria argentina disputa a Estados Unidos el primer lugar en lo que hace a la capacidad innovadora y de productividad del sistema alimentario; y con epicentro en Rosario, centrado en Bioceres, se encuentra uno de los puntos máximos de la frontera de la biotecnología mundial.

Responde a la lógica de las cosas el siguiente dato estratégico: China tiene ya acuerdo de libre comercio con Chile y Perú –el primero y segundo productor de cobre en el mundo-; y ahora la demanda china arrastra el precio del cobre en el mercado mundial, y lo lleva a U$S 10.000 tonelada, o más, récord histórico absoluto.

La República Popular le ha ofrecido al Mercosur hace tres años el establecimiento de un acuerdo de libre comercio con la región, lo que en el contexto mundial actual se transforma en una propuesta de sentido común, acorde a la época y a la realidad de las cosas.

El acuerdo China-Mercosur implica ante todo el arribo de una masa de inversiones de la República Popular en las cadenas agroalimentarias de los cuatro países de la región, así como en la infraestructura necesaria para su pleno despliegue.

Esto equivale a decir que se cubre el tramo “potencial” de la conversión de la región en la principal plataforma proteínica del siglo XXI, vinculada en forma directa al eje de la demanda mundial agroalimentaria, que es China.

Los tratados internacionales de libre comercio siguen la línea que le ofrecen las ventajas comparativas de sus integrantes. Es la versión moderna, propia del siglo XXI, de la realización del destino.

Es una tarea importante la que tiene ante sí el Mercosur al cumplirse el 30 aniversario de su creación.

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