Su ingreso a la OMC le ayudó a crear un vasto centro de fabricación de bienes de mano de obra intensiva que, conjugado con la revolución digital, permitió a las empresas multinacionales ampliar desde allí sus cadenas de suministro a todo el mundo; quedó integrada al comercio mundial.

Estamos siendo testigos de una disputa entre Estados Unidos y China, pero en realidad no es el déficit comercial, sino el impactante crecimiento de China, su progreso tecnológico y su futuro rol económico y militar lo que preocupa a los estadounidenses.

A medida que China se transformaba, la llamada «teoría de la convergencia» plasmó la idea que su progreso e integración en la economía mundial los obligaría a liberalizarse política y económicamente. Actualmente, la visión mayoritaria estadounidense sostiene que China, creció sin democratizarse y su gobierno se volvió más ideológico y represivo con una cosmovisión autoritaria, interna y externa. Xi Jinping, sugirió que el «modelo chino» ofrece a países desencantados con la «democracia de mercado» un camino diferente para el desarrollo. Ello no deja de seducir a muchos autócratas.

Pero los analistas más laxos sostienen que estos desarrollos no son una estrategia para debilitar a las democracias sino una para consolidar el poder interno del Partido Comunista Chino.

En materia de política internacional adoptó una posición ambiciosa y expansiva, materializada en la iniciativa Belt & Road (BRI), un plan de conectividad logística que se extiende al Asia, Europa y ha llegado a América Latina. Lo ha presentado como un acuerdo abierto en el que todos pueden participar. Hay, incluyendo China, 71 países ubicados a lo largo de los corredores logísticos BRI. En 2017, estas economías recibieron en conjunto el 35% de las inversiones extranjeras directas mundiales y representaron el 40% de las exportaciones de mercaderías. Los proyectos fuera de China que ya están en ejecución o planificados, ascienden a u$s 575.000 millones.

Desde 2000 hasta nuestros días China invirtió en Latinoamérica u$s 80.000 millones a través de préstamos e inversiones directas. En abril último la consejera económica y comercial china en Argentina afirmó que ya existen 80 compañías radicadas con una inversión estimada de u$s 10.000 millones.

Para mantener sus altos índices de crecimiento y productividad China tiene que desplazar su producción a sectores de mayor valor agregado, siguiendo el derrotero de Japón, Hong Kong, Singapur, Taiwán y Corea del Sur. Esto implica transformarse en una economía basada en la innovación, a partir del gasto en investigación, capital humano y educación.

Con este objetivo, en 2015, lanzó el «Made in China 2025″afirmando que aspira a pasar de ser el «Made in China» al «Invented in China». Se trata de una estrategia que apunta a convertirse entre 2035 a 2045 en líder de la innovación mundial.

El plan se extiende a los sectores de equipamiento electrónico, tecnologías de la información, maquinaria agrícola, equipamiento aeroespacial, nuevos materiales, equipamiento ferroviario, ahorro energético y vehículos con base en nuevas energías, ingeniería de equipamiento marítimo y barcos de tecnología avanzada, herramientas de control numérico y robótica y equipamiento médico. Anunció que el gobierno chino invertirá más de u$s 100.000 millones en el diseño y fabricación de semiconductores.

Todas las iniciativas chinas están relacionadas de una u otra forma con la evolución tecnológica. En sus albores la copia era la norma y aún hoy es sospechada de robo de patentes. Aun así, generó un ecosistema tecnológico vibrante donde se crearon empresas de clase mundial como Baidu, Alibaba y Tencent.

China es hoy auténtica potencia de inteligencia artificial (AI) y pretende ser en 2030 «el» centro de la innovación global en teoría, tecnología y aplicaciones. Dos tercios de la inversión mundial en AI se está volcada a China que ya tiene una presencia relevante en áreas como drones y reconocimiento facial.

Para dar una dimensión del fenómeno AI en China, el capital de riesgo en 2014 alcanzó a u$s 12.000 millones, pasando a u$s 26.000 millones en 2015.

Hasta hace poco la percepción de occidente sobre la tecnología china tendía a ser despectiva. Pero algunos expertos creen que China podría efectivamente destronar a EE.UU. como la fuerza tecnológica líder del mundo y seguir expandiendo en base a ella su alcance global. También en Argentina.