América Latina: la última frontera de la rivalidad entre China y Estados Unidos

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Fuente: ElObservador

El martes pasado en Lima, mientras el secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, se reunía en el Palacio de Gobierno con el presidente Pedro Pablo Kuczynski, el ministro peruano de Comercio Exterior, Eduardo Ferreyros, les decía sin cortapisas a los medios internacionales que China “es un muy buen socio comercial”.

“Estamos muy contentos con los resultados del tratado”, abundó Ferreyros, en alusión al TLC que Perú firmó con China en 2010 y que, según todos los números de la balanza comercial, ha sido ampliamente beneficioso para el país andino.

El episodio sintetiza en buena medida la respuesta que recibió Tillerson durante su reciente gira por cuatro países de la región: América Latina no está dispuesta a renunciar a su creciente relación comercial con el gigante asiático para volver a los días del Consenso de Washington.

En su gira por México, Argentina, Perú y Colombia, el jefe de la diplomacia norteamericana advirtió a la región sobre “los peligros” de la influencia china, que hoy es el principal socio comercial de varios de estos países (además de Brasil, Chile y Uruguay), tiene tratados de libre comercio con Chile, Costa Rica y Perú, y busca negociar acuerdos de ese tipo con el Mercosur.

Antes de partir de gira, con un pie en el avión, Tillerson había hecho en Texas un pronunciamiento de manual, al marcarle la agenda a sus interlocutores latinoamericanos de lo que sería el principal asunto a tratar.

En un discurso en la Universidad de Austin advirtió que la creciente penetración comercial china “tiene un precio”: establecer “un nuevo poder imperial” en la región, un “potencial depredador”.

“América Latina no necesita de nuevos poderes imperiales que solo buscan beneficiar a su propia gente”, remarcó.

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Es curioso que ese sea el argumento de Tillerson para contrarrestar la influencia china en el hemisferio, en tanto que bajo el orden mundial que emergió de la posguerra -dominado por Estados Unidos y las instituciones de Bretton Woods-, América Latina llevó las de perder. Los términos de intercambio, el marco institucional y la toma de decisiones en todos los organismos internacionales siempre favorecieron a Estados Unidos.

El llamado “poder blando” de China, en cambio ha resultado favorable -al menos hasta ahora- para los países de la región; algo que Ferreyros no dejó pasar el martes ante los medios internacionales. El ministro peruano recordó que su país tuvo en 2017 un superávit comercial con China de cerca de 3 mil millones de dólares, mientras sostiene un déficit persistente en la balanza comercial con Estados Unidos.

Sin embargo, todo parece marcar un punto de inflexión en la política exterior de la administración Trump. Finalmente —tal vez un poco tarde— parecen haberse dado cuenta de que la agenda proteccionista y antiglobalización que Trump promoviera en campaña, y las políticas de “Estados Unidos primero”, solo los llevan a seguir perdiendo terreno frente a la vertiginosa expansión global de China, de la que América Latina es apenas un apéndice.

Pero ¡vaya apéndice! Nada menos que el “patio trasero” de Washington, tal como lo llaman los ideólogos de la doctrina de política exterior estadounidense. Una expresión que a menudo se les escapa en conversaciones privadas y algunas no tan privadas, como le sucedió en 2014 al secretario de Estado de Barack Obama, John Kerry, durante una comparecencia ante el Congreso.

Como sea, desde el punto vista estratégico, se trata de su zona de influencia. Y por este lado del mundo, el Departamento de Estado empezó a combatir la expansión de la influencia china en el mundo. Por eso no es descabellado pensar que se perfila un cambio de rumbo en la agenda de la Casa Blanca sobre el comercio y la política global, algo que se evidenció en las declaraciones del propio Trump el mes pasado en la Conferencia de Davos.

“Estados Unidos primero no quiere decir Estados Unidos en solitario”, reculó el mandatario norteamericano ante las élites de la globalización y el libre mercado que tanto había denostado, en un discurso que fue tomado como un guiño de rectificación en sus políticas hacia el mundo.

En la misma tónica, Tillerson dijo durante su gira que Trump está dispuesto a evaluar los beneficios de reingresar a la Alianza del Pacífico (TPP, por sus siglas en inglés), un acuerdo de 11 países, entre los que figura Chile, México y Perú, que Obama había lanzado precisamente con la idea de frenar la expansión china, y del que Trump retiró a Estados Unidos ni bien puso un pie en la Casa Blanca.

Lo que no está claro es si con eso será suficiente; y menos aún, si todavía están a tiempo. La expansión global iniciada por la China post-Mao, primero de la mano de Deng Xiaoping, alcanzó su máxima expresión desde el 2012 cuando asumió el actual presidente, Xi Jinping.

Durante la primera década del nuevo siglo, China ya había afianzado su poder en el Asia, mientras Estados Unidos estaba distraído haciendo la guerra en el Medio Oriente y dando la lucha contra el terrorismo.

Y el último intento de Washington por disputarle la hegemonía allí al gigante asiático —la política de Obama “Pivote de Asia”— fue un rotundo fracaso. Por eso el antecesor de Trump se enrocó luego en el TPP, con la esperanza de que abrir el abanico a toda la cuenca del Pacífico excluyendo a China, la aislaría en su propio patio. A primera vista la iniciativa aparecía como un tanto ambiciosa. Pero al menos el intento estaba planteado.

Luego llegaría Trump con su retórica antiglobalización que incluía la construcción de muros y renegociación de todos los tratados de libre comercio. Nadie se sorprendió cuando decidió sacar a Estados Unidos de un plumazo del acuerdo. Y Xi, astuto, aprovechó para posicionar a China durante 2017 como la gran líder de la economía global.

Pero antes de que Trump siquiera apareciera en el radar presidencial de Estados Unidos, el líder chino ya había lanzado en 2013 su llamada “Iniciativa de la Ruta y la Franja” (The Belt and Road Initiative, en inglés), con la que ha invertido billones de dólares en megaproyectos de infraestructura y acuerdos comerciales en Europa Central, en el Sur y Sudeste asiáticos, en África y, desde luego, también en América Latina.

Sus billonarias inversiones en proyectos de infraestructura le han ayudado a China a suavizar las posturas de sus vecinos Filipinas, Malasia y Vietnam en el largo diferendo que sostiene con estos países por el Mar Meridional de China. La Ruta y la Franja construye puertos, carreteras, líneas férreas para trenes bala, puentes, plantas nucleares, gasoductos y oleoductos en todo el Asia, Europa Central y África.

La gran franja de Xi se extiende hoy desde el corredor China-Rusia-Mongolia hasta el norte de Eurasia al oeste, baja al sur hasta Kenia pasando por varios países y luego se extiende por el Pacífico hasta desembocar en Latinoamérica.

Es cierto que sus megaproyectos de infraestructura en la región —a saber, en Nicaragua, Colombia, Perú y Brasil— aún no despegaron (en mayor medida por problemas de esos países). Pero China tiene tiempo.

Además, tal como lo han consignado en sus “white papers” los ideólogos chinos, existe en la iniciativa lo que llaman “infraestructura blanda”. Se trata de relaciones intergubernamentales con varios países, acuerdos de comercio, uniones aduaneras y todo lo que contribuya a establecer y reforzar las relaciones políticas con esos estados; lo medular de la iniciativa para posicionar a China como el gran líder global.

De esta forma el gigante asiático se presenta como una alternativa amigable al poder de Estados Unidos. O como dijo Xi, el gran narrador del relato del “poder blando” chino, en un reciente discurso: “China ofrece una nueva opción para aquellas naciones que quieren acelerar su desarrollo al tiempo que mantienen su independencia”.

Tillerson no propuso ninguna idea para hacer frente a la expansión china. El canciller estadounidense se limitó a una puesta en escena con fuertes declaraciones, a la usanza de las llamadas de atención que Washington hacía a América Latina en el pasado.

Lo ideal sería mantener a la región abierta a todos los grandes socios dispuestos a comerciar. Pero en esto tampoco se puede ser muy ingenuo: China es un estado totalitario, donde las libertades ciudadanas de 1.400 millones de personas están conculcadas.

De momento su influencia en la región es benigna y sin injerencias políticas de preocupación. Pero a juzgar por cómo ha tratado a sus vecinos en fechas recientes, nada garantiza que siempre será así. Por lo pronto, en el mayor problema político que aqueja a la región, que es la crisis venezolana, China apoya al régimen de Nicolás Maduro. No parece una buena señal.

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