Acuerdos con China: Un precio demasiado alto para mantener un modelo que hay que cambiar

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Fuente: La otra mirada del sur

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Define a ambos convenios un secretismo y hermetismo en relación con sus cláusulas que se corresponde con el apuro del Gobierno Nacional en hacerlo aprobar. Este apuro, no es otro que el que, condicionamientos mediantes, le fijaron como precio que el Gobierno aceptó pagar por el “swap” de monedas entre el Banco Central de la Argentina y el de China. El apuro por aprobar los convenios es proporcional al apuro que el Gobierno tiene para intentar resolver el frente externo e inversamente proporcional a la magnitud de los desafíos que los mismos imponen. Aclararemos.

A fines del 2014 el Gobierno Nacional anunció un acuerdo de “swap” de moneda entre Argentina y China por un valor de U$S 11.000 millones en un plazo de 3 años. Este “swap” no es otra cosa que la garantía que China accederá a financiar por este monto en ese plazo las operaciones de comercio exterior con nuestro país. Al respecto, la Argentina ya comercia con China. Argentina le vende un poco más de U$S 5.000 millones, y sin embargo, China nos vende un poco más de U$S 10.000 millones. Dicho en criollo: por cada dólar que le vendemos, ellos nos venden dos.  En consecuencia ya existe un intercambio entre ambos países con un saldo negativo para nuestro país y positivo para China. Nótese, que el “swap” de deuda implica que China nos puede financiar hasta dos años del déficit comercial que actualmente tenemos. Nótese que si el “swap” con China es sólo para financiar un comercio ya existente por un plazo, es indicativo de la urgencia y el apuro que tiene el Gobierno Nacional en el frente externo. En efecto, el saldo de la balanza comercial (la diferencia entre lo que le vendemos y le compramos al mundo) difícilmente supere los U$S 6.000 millones; que son claramente insuficientes para afrontar los compromisos de deuda (U$S 12.500 millones), a los que hay que añadir, la fuga de capitales, la remisión de utilidades de las empresas extranjeras, el pago de licencias tecnológicas ,  el gasto en turismo en el exterior de las capas más acomodadas de la sociedad, entre otros rubros. Todo esto a pesar de que las exportaciones argentina han sufrido un verdadero boom en los últimos años (actualmente superan los U$S 70.000 millones) a costa de extremar el saqueo de nuestros recursos naturales. Como se ve, frente a los problemas estructurales que tiene el modelo económico (fuerte concentración y extranjerización productiva en un contexto de rentas extraordinarias de base primaria) en lugar de alentar una estrategia de Replanteo Estructural, el Gobierno Nacional busca desesperadamente cualquier arreglo a cualquier precio con tal de obtener un poco de oxígeno financiero, para sostener un modelo que con variados síntomas muestra un agotamiento significativo, que hay que revertir.

Dentro de los problemas estructurales que afectan al modelo productivo, China tiene una especial relevancia, toda vez que uno de esos problemas es la extremada re-primarización que presenta nuestra economía, donde fundamentalmente vendemos recursos naturales al mundo y bienes intermedios de escasos niveles de valor agregado local mientras compramos bienes con un alto contenido tecnológico y de valor agregado al resto del mundo. Vendemos naturaleza y trabajo barato y compramos conocimiento y trabajo calificado. Al observar el comercio con China esta imagen es aún más evidente: El 95% de nuestras exportaciones tienen que ver con poroto de soja, aceite de soja y petróleo crudo; mientras que le compramos insumos industriales diversos (entre ellos el glifosato para la soja, pero también fibras sintéticas, etc), bienes de capital (computadoras, celulares, tv, radios, etc, piezas y accesorios de los bienes de capital (los repuestos de lo anterior), equipos de transporte (fundamentalmente motos) y muchos artículos de consumo (aires acondicionados, juguetes, e incluso ropa) e insumos intermedios variados, maquinaria, bienes de consumo masivo (inclusive prendas de vestir). Es decir, tenemos un comercio deficitario con China que fomenta la reprimarización y la vulnerabilidad de la economía argentina.  Pero hay más: los productos chinos no sólo desplazan producciones locales, sino también otros competidores externos, y fundamentalmente los que vienen de Brasil; del mismo modo, en Brasil, los productos chinos desplazan productos argentinos. El resultado es que el comercio intrarregional con el Mercosur se ha achicado a expensas del crecimiento del intercambio con China. Resumiendo entonces, déficit, reprimarización, vulnerabilidad y menor integración regional  es el saldo del tipo de vínculo que ya existe con la República Popular de China.

Siendo esto así, lo deseable es un replanteo de este tipo de vínculo. Nada de esto es lo que contiene los acuerdos firmados, sino que como lo dice el “Convenio Marco” se busca facilitar los vínculos comerciales existentes y promover otro en el marco de los objetivos y prioridades de cada país. Y ahí se observa un punto crucial. Que es el que permite semejante acuerdo. Precisamente en tanto China, pero peor, nuestro país, o mejor los representantes actuales del Estado Argentino están de acuerdo con el tipo de modelo que este acuerdo tiene destinado  para la Argentina: La de ser un proveedor de recursos naturales (soja y petróleo fundamentalmente). El problema entonces no son los chinos, que lógicamente buscan su interés, sino los representantes actuales del Estado Argentino, que subordinan el interés nacional a los de China.Es en esta aceptación de este modelo productivo, que se fijan “Convenios Específicos” que no se conocen en materia de Inversión Industrial e Inversión en Infraestructura. Estos convenios específicos tendrán una duración de 5 años, no será necesaria su discusión parlamentaria, y la denuncia del Acuerdo Marco por parte de algunos de los 2 países no lo dejará sin efecto. Esta claro que las inversiones productivas y de infraestructura serán aquellas que complemente el actual modelo productivo de carácter extractivista, porque ese es el objetivo que tanto China y Argentina tienen para con nuestra economía.  Veamos algunos de ellos:

  • Los acuerdos de YPF con SINOPEC la petrolera estatal china para la exploración de hidrocarburos no convencionales en Vaca Muerta, al estilo “Chevron”.
  • El acuerdo con el Belgrano Cargas para financiar la compra de material rodante proveniente de China, sin activar los talleres ferroviarios locales (madre de industrias), para garantizar el suministro de la carga de la soja a los puertos de exportación. En este punto conviene señalar que COFCO la empresa estatal china que controla el comercio de granos de su país compró recientemente la mitad de NIDERA, gran productora de soja en nuestro país
  • El financiamiento a la cuarta central nuclear (Atucha 3) y a las Represas Hidroeléctricas en Santa Cruz para garantizar la provisión de energía fluida para este modelo extractivista escala intensiva; sin que en ningún caso se establezcan mínimas claúsulas de agregación de valor local, “responsabilidad de diseño” local, que permitan que más allá de las obras en sí, se fomentan encadenamientos productivos que permitan dinamizar las economías y sustentar la promoción al trabajo calificado de mayor remuneración.

Para colmo, se agregan facilidades laborales para la llegada de trabajadores chinos en cada una de las obras que se financien. O dicho en otros términos, en ninguna de las obras se estipula un compromiso mínimo de trabajo local. Resumiendo este acápite: Inversiones para desplegar con mayor intensidad el modelo extractivista, con nulo impacto en la generación de encadenamientos productivos extra-obra e intra-obra; y sin la garantía de un mínimo impacto en materia ocupacional.

Como se ve es un alto precio el que se paga no encarar una estrategia de remoción de los obstáculos estructurales que tiene este modelo, aspirando solamente a tener alivio de dólares momentáneo y profundizando un modelo que hay que cambiar.

Pero el postre siempre viene al final. Se trata del Acuerdo por medio del cual la provincia de Neuquén, con autorización del Gobierno Nacional, cede un terreno de 200 hectáreas por un plazo de 50 años para la construcción y funcionamiento de una Base de Observación Lunar y del Espacio. Se trata de una Base que ya está en etapa de construcción, que supone agregar la primera antena satelital china fuera de su territorio, donde se va  a construir una antena con un diámetro de 35 metros (casi media cuada) que puede tener tanto fines civiles, como militares; máxime sabiendo que la empresa China que lo lleva adelante “Satelite Launch and Tracking Control General (CLTC)” depende directamente del Ejército de la República Popular China. Así, amén de que todo lo que suponga la construcción de esa base no sólo no se generará en el país, sino que será fundamentalmente importado, con nulo impacto en la economía, que dicho sea de paso no pagará ningún tipo de impuesto  (es decir ni siquiera tendremos un beneficio recaudatorio), amén de que todos los trabajadores de dicha base se regirán por las leyes de China puesto que le cedemos soberanía, sino que lo más grave del caso es que no habrá control público de la Argentina sobre las actividades que en ese terreno realice la empresa que depende del Ejercito de China, ni siquiera podrá interrumpir su funcionamiento y si lo hace debe dar un previo aviso con tiempo suficiente (para que?) . Por ende, no es sólo la cesión de soberanía en abstracto, sino que es dicha cesión en el marco del despliegue imperialista que realiza la potencia oriental en un territorio abundante en recursos naturales (hidrocarburíferos, reservas de agua, etc) para una actividad estratégica como es la disputa por el control espacial y de las telecomunicaciones entre grandes potencias, lindante con otra base militar (Malvinas), lo que vuelve claramente nocivo para la seguridad de nuestro país semejante acuerdo.   Este parece ser el principal precio que el Gobierno y con ello toda la sociedad asume pagar por un financiamiento que demanda una recuperación de soberanía local y popular y no esta humillante y peligrosa cesión.

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