Humor ingles o cuento chino

Fuente: Luis Mattini

(Recuerdo en 1961 a un peronista que luchaba por el regreso del líder y comentaba asombrado el avance del comunismo en el mundo. Exaltado exclamaba: «los chinos ya son comunistas, cuba va en camino, los intelectuales, los hombres de ciencia, los artistas, muchos trabajadores…hasta los grandes capitales se están haciendo comunistas». Y todos nos reímos de lo que creímos un chiste.)

La ciudad de Buenos Aires se construyó en apenas tres décadas con unos cimientos pensados para la eternidad. El mundo vio asombrado el pase de «la gran aldea» a la «opulenta ciudad de Buenos Aires», la Reina del Plata.Los palacios privados y edificios públicos se mandaban a hacer por encargo directamente en Europa y se «armaban» aquí. En algunos casos, como en el del Palacio de Tribunales, los arquitectos ni siquiera sabían dónde sería emplazado el edificio. Los petit hotel albergaban a una escasa pero próspera y real clase media comercial y profesional que se iría transformando en burguesía. Las casa chorizo de los italianos resultaron mejores que los actuales engendros para condena popular de nuestros urbanistas. La red de tranvías llegó a ser una de las más extensas del mundo. Sanitarios previstos para el fin de los tiempos a punto tal que aún hoy resisten. El teatro Colón es uno de los doce en el planeta. Después vendrían los trenes subterráneos, los primeros de América Latina, joyas de la técnica de la época y verdaderas obras de arte.

El buen gusto de un pequeño sector de la oligarquía se mezclaba con los «delirios de grandeza de origen español» y la vulgaridad de los nuevos ricos. Los dandys argentinos viajaban a Europa y mostraban una obscena rumbosidad tirando literalmente manteca al techo en una práctica similar a la de los actuales jeques petroleros, mientras a pocos kilómetros de esta cabezona reina, se multiplicaban los ranchos de chorizo y en el interior profundo se incubaba el «grito de Alcorta». La red ferroviaria del país llegó a tener cuarenta y cinco mil km. en forma de embudo hacia el puerto porteño, para asegurar el traslado de los productos agrarios. Pese a todo, esa orgullosa oligarquía liberal-conservadora, casada con los ingleses a los que les metía los cuernos con el refinamiento francés y despreciaba a los yanquis por bárbaros, fue más o menos fiel a su época y a su clase y echó las bases materiales y jurídicas de un Estado Nacional, más prusiano que liberal y con aspiraciones hegemónicas en la región, que se expresó en su tenaz oposición a la Doctrina Monroe. No siempre se recuerda que hasta la Revolución «Libertadora», con gobiernos conservadores, radicales y el peronismo, la Nación Argentina fue la abanderada del anti panamericanismo (Instrumento estadounidense para la aplicación de la Doctrina Monroe) en figuras como las José María Drago u Honorio Puyrredón, no por espíritu independiente sino por intereses ligados al mercado europeo.

Los EE.UU, no eran socios sino competidores de nuestra Oligarquía. Pero, volviendo a la riqueza que se acumulaba sobre todo en Buenos Aires ¿De dónde salió la «plata» para llevar a cabo semejante portento? Porque, a pesar de la leyenda que dio nombre a nuestro país, aquí no había argento. La respuesta Ud. la conoce, se la da cualquier contador: salió de la lana, las carnes y otros productos de nuestros campos. De las ventajas relativas de la tierra extraídas y producidas con la explotación a nuestros trabajadores rurales. Pero esa es la mitad de la verdad. Porque –a diferencia de los economistas, un ingeniero puede calibrar el trabajo socialmente necesario que contiene una obra con solo mirarla– y se pregunta: ¿Cómo fue posible que lanas, cueros y otras yerbas, casi sin manufacturar, se podían intercambiar por obras de alta elaboración, como boasseries y pisos de roble de Eslavonia, ebanistería con cedros del Líbano, eternos y artísticos puentes de hierro de las laminadoras británicas, fusiles mausers o fina mecánica alemana, carruajes de última generación, ornamentadas columnas de alumbrado de hierro fundido, cuando no de bronce, los populares calentadores primus suecos, tijeras de las fraguas de Toledo o mayólicas españolas, griferías italianas, porcelanas chinas, relojes franceses etc.? ¿Cuántos kilos de lana virgen por un kilo de hierro forjado o madera tallada? indagará el criterio cuantitativo.

Es posible pensar que eso fue posible porque quienes producían esas cosas, tanto las de lujo como las de uso popular, estaban tan explotados como nuestros trabajadores rurales. Porque el capitalismo, mediante la organización industrial, les había expropiado junto con la fuerza de trabajo el conocimiento. El excedente de mano de obra especializada, la ruina del artesanado, actuaba como acicate de la explotación, porque aquellos trabajadores, en aquel tiempo, sufrían mayor amenaza de desocupación que los nuestros. Buenos aires, entonces, se hizo tanto con plusvalía de peones argentinos como con plusvalía producida por obreros y campesinos ingleses, franceses, italianos, etc. Determinar cuál fue el mayor aporte es tarea de contadores y no me interesa aquí; por lo demás, nunca me gustó hacer chovinismo de látigo como cuando chilenos y argentinos disputaban quién sufría peor dictadura. Pero sí es importante apuntar que la sola existencia de ese fenómeno llamado Buenos Aires, con su esplendor y su miseria, indica que las clases dominantes de este país compartieron –y comparten– algo más que «un plato de lentejas» y no son «un socio menor» del festín capitalista-imperialista. Recuerde cuál era la situación de la clase obrera europea a la sazón. Si le resultan pesados los textos de Engels (La situación de la clase obrera en Inglaterra) puede ir a ver el filme Germinal o leer la formidable novela de Vargas Llosa sobre la vida de Flora Tristán. Mejor aún, porque este escritor peruano está vacunado contra toda sospecha de marxista o nacional y popular. Por lo tanto, sería saludable cuestionar la trillada afirmación que la clase obrera europea, al menos en el siglo XIX, usufructuó de la expoliación del imperialismo a sus colonias.

Se puede suponer que la tremenda explotación de aquella clase obrera permitía al capitalismo mantener un bajo salario «internacional», el que, como tal, incidía también en el ingreso de nuestros trabajadores. Bajos salarios y largas jornadas hacían posible –entre otros factores de la dinámica del capital y la teoría del valor, por supuesto– que un producto con mucho mayor «valor agregado», o por hablar en términos menos burocráticos, un producto que contenía mucho mayor esfuerzo manual e intelectual, se intercambiara por productos primarios, dejando fabulosas ganancias a las clases dominantes europeas y argentinas. El economista me lo explica con esa cosa de la oferta y la demanda, variables, coordenadas, que indican que el kilo de hierro vale tanto de lana, etc. pero yo, como el ingeniero, no analizo números sobre papeles sino esfuerzo humano. Esta «paridad» en la explotación tuvo sus consecuencias de inmediato. A medida que nuestro país se convertía en el «granero del mundo» y Buenos Aires se transformaba en «La Reina del Plata», los trabajadores empeoraban su situación, (si señor, empeoraba, íbamos para atrás, no para adelante, como suponen los progresistas) cada progreso técnico significaba un nuevo ajuste al yugo, cuestión esta que los hizo, más rápido que despacio, organizarse en asociaciones de trabajadores rurales y urbanas, siguiendo el ejemplo de sus hermanos de clase del otro lado del mar. Cuando el país empezó a producir en forma industrial, el salario ya estaba condicionado por esa relación establecida por el mercado internacional. Téngase también en cuenta que la situación de la clase obrera europea y la argentina, con décadas de lucha, no mejoró substancialmente hasta después de la II guerra mundial.

Y ello merece otro análisis, que no me propongo hacer aquí. Por ahora sólo retengamos memoria de aquello. Puede resultarnos útil a la hora de buscar verdaderas alternativas. Lo que nos interesa aquí es: ¿De qué nos sirve esta breve y provocadora reseña? Porque las analogía, no las similitudes, la analogía con el presente nos puede ayudar a examinar las perspectivas que se presentan en el horizonte inmediato y que entusiasman a quienes parecen ignorar que China, como Brasil se encuentran entre las potencias más desigualitarias de la tierra. Dije bien, no dije «más pobres», dije desigualitarias. (Según cifras conocidaas, quizás discutibles, pero orientadoras, en China habría cuarenta millones de ricos, ciento sesenta millones de clase media próspera y mil millones de pobres) Además China es un imperialismo en potencia, por tradición histórica y por lógica capitalista. ¿O ahora van a esperar que se caiga la gran muralla para rasgarse las vestiduras comunistas diciendo «yo no sabía, cuando yo estuve no vi nada», como decía gente que había estudiado años en la URSS, después de la caída del muro de Berlín? ¿O los crímenes de Bush, salvan la responsabilidad de los «comunistas»? ¿O la invasión a Irak nos debe de hacer olvidar la invasión de China a Vietnam? ¿Y los internacionalistas cubanos en Angola que encontraban en sus miras telescópicas tropas chinas? ¿O la ocupación de París por los nazis disculpa las masacres de los franceses en Argelia? ¿O el genocidio al pueblo judío justifica los crímenes de guerra actuales del Estado de Israel? Pero, más allá de esta «vocación» histórica, cualquiera sabe que el imperialismo es la consecuencia del desarrollo capitalista. Bien, con todo no quiero decir que los chinos son los malos de la película mundial. Ni siquiera sugiero que no hay que tener tratos con ellos. Argentina comercia con todo el mundo y ese «todo el mundo » también es China. Sólo intento abrir el debate frente la los entusiasmos.

Mi hipótesis, mi sospecha, es que, tal como está planteado, el acercamiento de Argentina a China, como supuesta «alternativa» al imperialismo norteamericano, tiene analogía con la relación de nuestro país con Inglaterra en el siglo XIX. En efecto: los empresarios chinos se llevarán productos agrícolas producidos con alta tecnología (siembra directa, biotecnología, etc.) que ocupan sólo un puñado de personas; y nos remitirán productos industriales. (Incluida esa propia alta tecnología, maquinarias, agroquímicos, quizás hasta semillas modificadas «compitiendo» o por inversiones de Monsanto, etc.) Pero, además –y esto no suele verse– además insisto, producidos por trabajadores chinos cuya situación no difiere sustancialmente de los trabajadores ingleses del siglo XIX. Sí, en la China dirigida por gente que se dice comunista. Condiciones que contribuyen a mantener el «valor globalizado» de la mano de obra. Por algo la delegación China ha condicionado los negocios a que se los reconozca como «economía de mercado».

En esa línea invertirán en Argentina, como cualquier empresa extranjera y con las reglas del mercado. Esto quiere decir que los empresarios chinos (los que entre sus capitales cuentan con las inversiones extranjeras en su propio país) intentarán pagar al menos los mismos salarios que pagan en su país. Y como si esto fuera poca comparación con los ingleses, construirán líneas férreas cuyo trazado fundamental se adecue al transporte de forraje y cereales para su país. Y, por supuesto, en el caso de que «nos vaya bien», es decir, que los negocios se concreten, con ese intercambio y con estas inversiones se potenciará la economía nacional y probablemente quedarán márgenes enormes a favor de «nuestro país». Y si es cierto que, como suele decirse, la historia se repite, una vez como tragedia y otra como farsa, aquí empieza a agotarse la analogía, porque con esos ingresos no se construirán ya nuevas Buenos Aires, mucho menos aquellos sólidos barrios obreros tipo «Ciudad Evita», ni se crearán nuevos Parques Nacionales, ni una Marina Mercante propia, ni las infraestructuras sociales de la década peronista, como se correspondió a la llamada «economía de bienestar, de los años cincuenta, basada en un impulso a la industrialización.

Por el contrario, existen suficientes elementos de juicio como para sospechar que, de acuerdo a estos tiempos de capitalismo volátil, de precariedad y especulación extrema, esos ingresos servirán para levantar adefesios arquitectónicos tipo torres de Puerto Madero, multiplicar obscenos núcleos urbanos como Cariló, barrios amurallados con ejércitos de custodios, bien equipados con uniformes logotipo, garrotes y celulares y mal pagados; todo ello para brindar seguridad a los empresarios nacionales tradicionales, que remitirán sus ganancias a los paraísos fiscales. O para regocijo de esa camada de ruidosos «chacareros», nuevos ricos convertidos en empresarios sojeros, conduciendo enormes cuatro por cuatro blindadas por las calles de la ahora «próspera» Rosario; y de otros sectores sociales que reciban las extensiones del negocio (importadores, transportistas, acopiadores, consultores, contadores, abogados, funcionarios públicos, etc.) Es bueno aclarar que esto va más allá de los deseos y la buena voluntad de los gobernantes; es la dinámica de hierro de la economía de mercado (acentuando el «de», para diferenciarlo del «con») a la que aspiran los «comunistas» chinos y parecen aprobar también los comunistas argentinos.

Y aquí se acabó la analogía: una diferencia substancial con la «época de los ingleses» es que ahora existe una población inmensamente más numerosa, una multitud diversa, que suele ser, protestona, malumorada e inconforme, con algunas graves amnesias pero memoriosa, directa o indirectamente, de aquel Estado de Bienestar. Frente a ello, una parte de esos ingresos, retenida y administrada por el Estado, servirá para intentar mantener en forma estructural planes de asistencia social para «los que perdieron». Y «los que perdieron» son y serán muchos; más de la mitad de los argentinos. Una vieja sabiduría criolla aconseja no elegir látigo. La memoria nos dice que recostarse sobre otro centro de poder no es alternativa. La memoria nos recuerda que estuvimos mejor cuando apuntamos hacia adentro y no hacia afuera. Cierto es que el mundo ha cambiado. Cierto es que la sociedad industrial fordista es un pasado irreversible y que, además, no fue ideal ni mucho menos. La alternativa exige un enorme esfuerzo de imaginación y sobre todo de decisión, con enorme dosis de audacia para enfrentar la incertidumbre. Incertidumbre no por incapacidad de conocer, sino porque la alternativa es a crear, y la creación no se conoce a priori. Pero si se nos pide una certeza, aquí va: Por la vía del mercado mundial la perspectiva es que los trabajadores argentinos completen su paso de «proletariado industrial» a proletariado romano. Y que nuestra autollamada «clase media» (me refiero a la «ilustrada», esa que ya se está anotando para aprender chino), usará sus títulos terciarios, universitarios y sus parvas de certificados de seminarios, para disputarse empleos, como servidores de los turistas chinos.

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