América Latina, una región intensamente disputada

Fuente: Vecinosenconflicto

América Latina, una región intensamente disputada

La crisis económica internacional, iniciada hace cinco años y con epicentro en Estados Unidos y Europa, no cesa. La dificultad estadounidense para reafirmar su hegemonía, la debilidad del proceso de integración europeo y el acelerado ascenso chino renuevan las disputas entre las principales potencias por el control de América Latina.

 A pesar de los presagios optimistas, la crisis iniciada en Estados Unidos en 2008 no se superó. Su epicentro se trasladó a Europa. Pero todo el mundo desarrollado sigue estancado y no logra volver a crecer como antes. El derrame de la crisis hacia los países emergentes es indudable. No hay desacople posible. China crece menos. No hay locomotora que traccione la recuperación esperada.
En este lúgubre contexto, crecen las tensiones entre las potencias. En el plano comercial, se manifiestan en la Organización Mundial de Comercio (OMC), paralizada, según se sinceró su nuevo director brasilero, quien logró imponerse a pesar de que Estados Unidos y Europa apoyaban al candidato mexicano, un neoliberal cuyo mayor pergamino fue la negociación del NAFTA.
También en el plano político y en el militar se multiplican las tensiones. No es casual que Washington apunte sus cañones hacia el Pacífico, que intente cercar a China, que se agite un clima pre-bélico entre las dos Coreas, a la vez que la crisis en Medio Oriente no parezca tener una resolución a la vista.
América Latina, luego de las rebeliones populares que lograron un retroceso parcial de las políticas neoliberales, inició una nueva etapa, en lo económico sostenida en un crecimiento gracias a la demanda mundial de bienes agro-mineros (lo cual produjo una profundización del extractivismo), con mayor autonomía en relación con la Casa Blanca. La derrota del ALCA, el ascenso de algunos gobiernos con prédicas anti-imperialistas y la constitución de instancias de integración por fuera de la dirección otrora omnipresente de Washington, permitieron incluso debatir sobre la construcción del «socialismo del siglo XXI».
Estados Unidos, con su hegemonía desafiada, no se resigna a perder influencia en su «patio trasero» -grosera denominación que hace pocas semanas volvió a utilizar el Secretario de Estado John Kerry- y en consecuencia viene reforzando sus rasgos agresivos y guerreristas. Como bien recuerda Atilio Borón en América Latina en la geopolítica del imperialismo, la región está lejos de ser un área irrelevante para Washington, lo cual se manifiesta en su creciente presencia militar.  Las luchas y guerras del siglo XXI serán por los bienes comunes de la tierra, gran parte de los cuales se encuentran en América latina, tan apetecida también por otras potencias.
Telma Luzzani, en su reciente Territorios vigilados, demuestra que el poder del Pentágono en la región sigue intacto. Con novedosas modalidades, Estados Unidos asienta su presencia militar y geopolítica gracias a una extensa red de bases. Su principal función es garantizar el acceso total e inmediato de las fuerzas comandadas por la Casa Blanca, pero a la vez se encargan de otras funciones como el espionaje, la protección de oleoductos, la vigilancia de los flujos migratorios, el monitoreo político, el control del narcotráfico y, en situaciones particulares como la de Honduras en 2009, las acciones desestabilizadoras.
El Viejo Continente, en medio de una crisis que amenaza el propio proceso de construcción de la Unión Europea -la eurozona esta semana entró oficialmente en la recesión más prolongada de su historia, con 9 de 17 de sus miembros en esa condición-, no está dispuesto a abandonar su influencia en una región en la cual hace cinco siglos tiene una destacada presencia política, económica y cultural. Bruselas pretende reiniciar las negociaciones para el acuerdo comercial MERCOSUR-Unión Europea, a la vez que defender las inversiones de capital en la región, para evitar más casos como el de REPSOL-YPF. Madrid apuesta a revivir el proceso de las Cumbres Iberoamericanas (aquel iniciado en 1991, como contracara de las Cumbres de las América alentadas por Washington) a la vez que Rajoy pretende confluir con los gobiernos derechistas. No casualmente, participará la semana que viene en la Cumbre de la Alianza del Pacífico, junto a sus pares de México, Colombia, Chile, Perú y otros países centroamericanos.
China, por su parte, viene avanzando a pasos acelerados en el vínculo económico con la región. Ya es el tercer socio comercial de América Latina, y el primero de algunos países. El vicepresidente Li Yuanchao, en su primer viaje oficial luego de resultar electo el año pasado, visitó esta semana Argentina y Venezuela. La relación con el gigante asiático amenaza con reconstruir la vieja dependencia con Gran Bretaña y Estados Unidos: América Latina exporta bienes primarios (petróleo, soja, cobre, hierro) y compra manufacturas.
De acuerdo a la CEPAL, China ya el principal socio comercial de Brasil, Chile y Perú y el segundo de Argentina, Cuba y Costa Rica. Además, China amplió sus inversiones directas (más de 250.000 millones de dólares; hacia 2015 superará a la Unión Europea) y sus bancos se transformaron en los principales prestamistas (75.000 millones de dólares entre 2005 y 2011), superando a Estados Unidos. Venezuela, Brasil, Argentina y Ecuador ya acumulan importantes deudas con China. La succión de recursos agro-mineros latinoamericanos (el 28% de estas importaciones chinas provienen de nuestra región) sólo tiene parangón con las que el gigante asiático despliega en África.
La crisis económica impulsa a las potencias a intensificar las disputas para mantener o modificar la configuración del poder mundial. En ese contexto, América Latina, con un creciente mercado de consumo y una disponibilidad de bienes naturales renovables y no renovables, está en el centro de las luchas entre Estados Unidos, Europa y China, sean éstas comerciales, financieras, políticas o militares. El riesgo para nuestra América es plantear, como lo hacen viejos cultores de la teoría del «realismo periférico», la conveniencia de establecer una alianza estratégica con el gigante asiático. Eso implicaría simplemente diversificar la dependencia, repitiendo patrones primario-exportadores como los establecidos en el siglo pasado con Gran Bretaña y Estados Unidos. La alternativa, en cambio, debe construirse en alianza con los países latinoamericanos y con autonomía respecto a las grandes potencias, no resignándose a la conformación de un sistema capitalista mundial que genera y regenera periferias.

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